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miércoles, junio 30, 2010

Vocación y celibato (2)

La vocación divina es precisamente divina. Es la imagen de nosotros que Dios tiene en la eternidad y por la que nos ha hecho existir. De que cada hombre realice en el tiempo esa imagen (eso es lo que significa vocación) depende nuestra existencia. Entre la imagen divina que Dios tiene de nosotros y nuestra realidad histórica existe una distancia inmensa que sólo Dios puede salvar (por ello resulta inútil plantearse humanamente la vocación divina).
Toda vocación divina es una vocación a amar, a corresponder al amor de Dios según el modo que Dios ha previsto para cada uno, es decir, según la misión que nos ha confiado realizar en la historia. Todo hombre viene a la existencia, por tanto, con una vocación divina.
¿Cómo descubre cada hombre su vocación divina? La condición previa es la entrega incondicional y total a Dios de nuestra vida. Esta entrega se sigue inmediatamente al advertir nuestra condición de criaturas, es propio de la criatura que se abandone totalmente a su creador porque el creador es la razón de ser de la criatura. Este es el fundamento radical de toda vida que quiera ser vivida realmente (no ficticiamente), la donación de la propia vida al Creador. Para quien ha puesto este fundamento a su existencia el modo en que Dios haya diseñado esa vida es irrelevante. (El problema que se plantea en el caso de la vocación divina al matrimonio es que buena parte de los que se casan no comprenden que el matrimonio sea una vocación divina sino que lo entienden como una elección realizada al margen de Dios, es decir, no viven su matrimonio como un don total de sus vidas a Dios).
Dada esa entrega incondicional la Providencia de Dios se sirve de innumerables circunstancias para manifestarnos la vocación. Cuando esas circunstancias nos han puesto en un camino y vislumbramos que ése puede ser nuestra vocación entonces hemos de emprender ese camino con todas sus consecuencias, con absoluta generosidad. Entonces Dios nos manifiesta con total claridad si esa es nuestra vocación, pero no antes. Hay un modo equivocado de enfrentarse a la vocación y ese modo es pretender negociar con Dios. Si uno negocia con Dios entonces nunca verá claro, siempre permanecerá la duda. Primero uno se fía totalmente de Dios, después ve. La duda permanecerá cuando uno calcula la vocación porque de suyo la vocación de Dios nos excede. A la vocación no se llega por un cálculo. Ningún cálculo hace razonable la vocación. La vocación no existe como cálculo de posibilidades pues no entra dentro de las capacidades humanas. Cuando uno se ha fiado totalmente de Dios, entonces ve. Dios no admite negociaciones pues eso significa dudar de que es infinitamente Bueno, Sabio, Poderoso y Santo, es decir, es admitir que no merece una confianza absoluta.
La castidad va incluida en ese don total que la criatura hace a su Creador. Que la entrega de la castidad a Dios se haya de vivir en el celibato o en el matrimonio es una cuestión accidental. Tanto el célibe como el casado ha de donar en totalidad su sexualidad y su afectividad a Dios, luego vivirán esa donación de modos diversos: el célibe consagrándola en exclusividad a Dios y el casado viviéndola en la exclusividad de su compromiso matrimonial. El celibato, por tanto, va incluido en el don total al Creador. El celibato no se puede contemplar como un elemento externo o añadido a la vocación sacerdotal. Es la donación total a Dios en el modo concreto de la vocación sacerdotal.