Justicia y realidad
Si puedo transgredir un precepto moral para obtener un bien físico, es decir, si la sustancia última de la realidad no fuese la moral sino la materia, entonces no habría justicia (no se podría afirmar que la realidad es buena). La condición para que pudiese transgredir un precepto moral sin que de ello se siguiese un mal infinitamente mayor que el bien físico que pretendo obtener sería que estuviese en condiciones de reparar todos los males físicos que existen, todas las injusticias. Puesto que ningún ser humano está en condiciones de asegurar semejante estado quien así obra ha tomado el camino de la desesperanza, de la injusticia pues obra como si el fuese Dios sin poder responder de la realidad. Quien así obra está afirmando que el mundo es injusto (pues es patente que existen injusticias), que él no puede garantizar la justicia del mundo, pero que obra como si de hecho pudiese hacerlo. Juega a ser dios sin serlo y actúa injustamente.
Sólo Dios garantiza que la existencia es buena, que todo está bien. La única esperanza en la injusticia es que podemos afirmar todo está bien, Dios garantiza la bondad de la existencia. Si al que sufre se le niega el poder afirmar esto entonces se le ha abandonado a su injusta suerte. Para poder afirmar esto es necesario reconocer que la sustancia de la realidad es espiritual y que se ha de buscar en primer lugar y sobretodo al actuar el bien moral. No somos responsables del mundo pero sí de nuestro limitado obrar moral. Quienes pretenden arreglar el mundo al margen de la ley moral no hacen sino destruirlo, acabar con la esperanza.

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