sobrelosmonteslospies

miércoles, mayo 21, 2008

Todos somos lo que queremos ser

Una aclaración. ¿Somos todos buenos o somos todos malos? Hay que distinguir lo que podríamos llamar una bondad espontánea y una bondad elegida. Todos somos buenos en el sentido de que hemos sido diseñados para hacer el bien: todos somos capaces de conmovernos ante una imagen de un niño africano muriéndose de hambre, todos somos capaces de ayudar al anciano que se ha caído en la calle, e incluso más hay gente muy capaz de empeñar su vida en una causa justa y noble, etc. En este sentido son malos aquellas personas que se comportan con una especial crueldad o frialdad ante las necesidades ajenas, son malos solo unos pocos. Esta bondad natural, sin embargo, es compatible con que la misma persona que, por ejemplo, ayuda a una persona accidentada se comporte como un egoísta en su hogar, que aquel que emplea su vida en una causa noble y justa sea capaz de promover el aborto, etc. Se trata de una bondad muy ligada a nuestra genética, nuestro ambiente, nuestra sicología, etc. Es una bondad sin mérito, hacemos el bien que nos apetece. En este sentido todo el mundo es bueno y es lo que la gente quiere decir cuando afirma es una buena persona.
Por otra parte está la bondad elegida. La bondad elegida es la de aquel sujeto que asume responsablemente la ley moral, lo que debe hacer. La ley moral es asumida como un compromiso, una elección personal. Se corresponde con lo que en el Antiguo Testamento se denomina el justo. En este sentido solo Dios es bueno, todos los demás somos malos. Ser malo significa que nuestro comportamiento no se corresponde plenamente con la perfección moral. Todavía no somos perfectos como Dios es perfecto. En el horizonte vital del justo la ley moral aparece siempre como un objetivo todavía no alcanzado. El justo siempre está en proceso de perfeccionarse. Este es el concepto moral de bondad que la gente sencillamente ignora. De ordinario la gente no entiende que ser bueno significa no actuar espontáneamente sino que has de proponerte el bien, has de quererlo más allá de tus apetencias. El bien es lo que yo debo hacer no lo que me apetece. De esta manera la vida se presenta como una permanente conversión, como una permanente reorientación de mi voluntad hacia el bien, como un compromiso permanente de elegir el bien.