El modo como se nos presenta el laicismo es un engaño. Es una falsedad decir que expulsando la religión de la vida pública ésta queda constituida como un espacio neutro, aséptico, para la realización de una sociedad plural en libertad. Excluir la religión del ámbito de lo público no significa establecer un espacio neutral ´sino sustituir la cosmovisión religiosa de la sociedad por una cosmovisión agnóstica. Es decir, se sustituye la religión por un nuevo marco existencial para la sociedad, el agnosticismo. No hay que olvidar que el laicismo no es más que la versión política del agnosticismo. El cambio que se pretende realizar consiste, pues, en abandonar la realidad como marco de la existencia y sustituirla por la subjetividad. No se trata de dejar un espacio libre sino de ocupar el espacio con un marco aparentemente invisible pero que vacía de contenido real todo cuanto se encuentra alojado en ese marco. El laicismo impone un nuevo marco referencial a la sociedad, un marco sin fundamento real, puramente subjetivo. No hay liberación sino sustitución. No se hace a la sociedad más libre sino que se la secuestra en un marco sin libertad. Al abandonar a Dios la libertad queda desorientada, vacía de contenido, sin razón de ser, confiada al repliegue sobre sí misma, a su propia vaciedad. La supuesta ausencia de marco es el nuevo marco. Sustraer la realidad a la libertad es su peor prisión. La supuesta ausencia de límites es ya el límite, el más estrecho de los límites. A partir de ahora la sociedad la construirá el yo sin más referencias que el yo mismo. Al desalojar a Dios de la vida pública el yo ocupa todo el espacio vital. Esto es lo más trágico que le puede ocurrir al ser humano que le escamoteen la vida real y le cuelen de matute una ralladura mental. Solo Dios hace que la vida sea real. La alternativa no es entre Dios y la libertad, sino entre dios o la nada. Defender a Dios en la vida pública es el único camino para defender la libertad.