¿Existe otra vida?
Evidentemente no existe otra vida biológica que continúe la presente, nuestro reloj biológico es limitado. La nueva vida es otra biología, la resurrección supone para nuestra realidad material una transformación completa. Pero la vida espiritual es la misma que ahora vivimos solo que llevada a su plenitud. La continuidad de la vida espiritual que ahora vivimos está garantizada por la misma naturaleza de nuestro espíritu que es inmortal. Que en ocasiones las condiciones biológicas suspendan el ejercicio de nuestro espíritu no significa que éste desaparezca como lo demuestra el hecho de que por ejemplo, después de dormir, hay identidad entre el yo anterior y el posterior al sueño. Lo que uno hace con su libertad permanece en uno mismo. No me refiero al carácter, a la idiosincrasia, etcetera, sino a lo que es obra propia de nuestra libertad aunque esté condicionada por nuestro carácter, biología, situación, etcetera. Eso que nos constituye a nosotros mismos a través de todo tipo de cambios biológicos, históricos, etcetera, permanece en cuanto que somos nosotros mismos y no depende de circunstancias materiales. De otro modo estaríamos estrenando un nuevo yo en cada nuevo ciclo biológico, en cada cambio biográfico, etcetera. Incluso para quien sufra una amnesia total de su pasado su yo no cambia, aquello que ha hecho de sí mismo con su libertad. Ese yo que construimos a través de nuestras decisiones morales permanece.
Esto no tiene que ver con la sicología, la sicología pertenece a nuestra condición material. Sucede con demasiada frecuencia que la gente vive en la superficie de su existencia, no ejercitan su espíritu por medio de la vida moral e identifican el espíritu con sus afectos, su dinamismo vital, etcetera pero todo eso queda todavía más acá del espíritu. Se advierte claramente la realidad del espíritu al comparar el comportamiento humano con el comportamiento animal. Ningún animal toma decisiones sobre sí mismo en cuanto sujeto moral sin emabargo, si poseen afectos, temperamento, dinamismos vitales, etcetera.
El espíritu tiene una condición inmaterial, no está sujeto a caducidad. Puede amar u odiar, adherirse a la verdad o rechazarla pero no puede desaparecer. Además la vida del espíritu es única, irrepetible e intransferible.

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