El derecho a la felicidad
Si no existe más que materia resulta evidente que no existe un derecho a la felicidad pues la materia no conoce de derechos. Nadie que se diga materialista puede decir con sentido que tiene derecho a ser feliz. El presupuesto de toda felicidad es la afirmación de la bondad de toda la existencia, es decir, el reconocimiento de que la vida es buena en virtud de Aquel que hace todo bueno porque Él es el Bien. Dicho de otro modo, para poder hablar de felicidad hay que afirmar que todo es bueno porque la realidad última es el Bien que es Dios que garantiza la bondad de toda existencia. Si no se afirma la realidad, el orden del bien u orden moral no es posible hablar de felicidad. Pero entonces la felicidad está unida inseparablemente a ese orden moral, es decir, tengo derecho a esperar la felicidad si obro el bien moral. El derecho a la felicidad no existe al margen del orden moral. La felicidad es el don que acompaña al bien.
Esto también se puede comprobar desde la perspectiva antropológica. Sólo puede proclamar el derecho a la felicidad aquel que injustamente se ha vuelto sobre sí mismo y ha dejado de contemplar la realidad porque una mirada recta sobre la realidad no lleva al hombre a preguntarse por el derecho a la felicidad sino a responder a la llamada del bien. El hombre en armonía descubre la felicidad no como un derecho sino como el fruto del bien. Esta es la distinción moral básica, la afirmación de sí mismo al margen del bien o la afirmación del bien más allá de uno mismo. Buscar la felicidad fuera del orden del bien es el camino de la infelicidad pues la afirmación de uno mismo dejando fuera el bien es caer en el vacío.
El supuesto derecho a la felicidad es la causa de las peores injusticias porque esa prosecución de la felicidad al margen del orden moral violenta toda la realidad.
Resulta aberrante desde esta perspectiva la afirmación de que la vida es un juego y la moral un fastidio pues es justo al revés. La auténtica alternativa moral se da entre vivir en sueño y vivir en realidad. El que sueña es el que se ha desresponsabilizado, el que ha descargado su vida de todo contenido moral. La moral, el bien es lo que hace real la vida y porque el Bien es el contenido último de todo lo que existe tenemos la garantía de que el bien es real. Si no hay bien no hay realidad. Si no hay bien no hay garantía de que nada sea real, por tanto, es imposible la felicidad. Podemos exonerarnos de toda responsabilidad moral y convertir la vida en algo lúdico pero eso es precisamente abandonar la vida, no vivirla pero entonces ya no hay juego sino tortura. Lo que hace divertida la vida es que sea rea, que sea moral.

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