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jueves, noviembre 30, 2006

Yo, en mi conciencia

Cada vez que alguien comienza así sus palabras me pongo a temblar. Demasiadas veces apelar a la conciencia es la justificación de tantos crímenes. Precisamente cuando se apela a la conciencia suele ser señal de que se obra contra la conciencia porque la conciencia no es la voz de mí mismo cuando es verdadera, de lo que yo siento o quiero sino la voz de Dios. La conciencia me saca del cerco de mí mismo y me hace salir al encuentro de la verdad. Si no se busca la verdad es que se ha silenciado la conciencia. Lo que en realidad se prentende decir con tal expresión es: yo actúo de acuerdo con lo que siento. Pero los sentimientos no son criterio de lo que está bien o está mal, son el eco de nuestros deseos por eso para el que actúa siempre son buenos. El que siente odio considera que ese odio está justificado, el que se siente atraído por una mujer casada considera que ese sentimiento está justificado aunque en ambos casos den lugar a acciones injustas. Para el hombre moderno el sentimiento se ha convertido en el único criterio para establecer lo que está bieny mal. Lo que uno siente eso es bueno. Pero los sentimientos son pura sicología o fisiología, pero no tienen que ver con lo que está bien o está mal. Si un sentimiento es bueno lo es no porque yo lo sienta sino porque está ligado a algo bueno en sí.
Otro tanto sucede con la expresión, cada uno que haga lo que quiera. Este razonamiento siempre lo acaba pagando alguien porque lo que uno quiere suele estar en conflicto con lo que se le debe a los demás, por ejemplo, respeto. Es tremendamente injusto porque no tenemos derecho a vivir a espaldas de lo que los demás son y necesitan. Pasar de la propia condición de ser moralmente responsable de los demás es el germen de toda violencia directa o indirecta.