sobrelosmonteslospies

jueves, noviembre 30, 2006

¿Han sido falseados los evangelios?

Quien con mirada imparcial lea los evangelios lo que adverirá en primer lugar es que si de algo no tienen aspecto es de haber sido manipulados más bien al contrario parecen un caos. Cualquier manipulación tendría un aspecto más elaborado, ataría más cabos, etc, etc. De lo que tiene aspecto el nuevo Testamento es de un conglomerado anárquico, de un testimonio vivo. De algo que no ha sido planeado sino que ha ido saliendo con la naturalidad de la vida. En cualquier caso plantear semejante cuestión supone la ignorancia del hecho fundamental que la Iglesia es anterior a los evangelios. Los evangelios nacen, se desarrollan y viven en la Iglesia. La Iglesia es su seno y su suelo nutricio. La Iglesia es precisamente ese ser vivo que Jesucristo ha engendrado para permanecer presente en la historia. No existe una verdad de Jesucristo anterior o al margen de la Iglesia que la Iglesia haya tenido posteriormente que manipular. Cuando aparecen escritos que anuncian otro Jesucristo la Iglesia sencillamente no reconoce en ellos la imagen del Esposo que vive en ella. La presencia viva de Jesucristo en su Iglesia por la acción del Espíritu Santo es al piedra de toque de cualquier Jesús inventado. Se puede reinventar la vida de Jesús tantas veces como se quiera pero nunca será la vida de Jesús el Señor. Jesucristo no es un sujeto histórico sin más al que se pueda manipular, Él es Señor y ha querido dejarnos no un retrato histórico manipulable sino su presencia viva no manipulable. Por eso los evangelios viven en su Iglesia.

Yo, en mi conciencia

Cada vez que alguien comienza así sus palabras me pongo a temblar. Demasiadas veces apelar a la conciencia es la justificación de tantos crímenes. Precisamente cuando se apela a la conciencia suele ser señal de que se obra contra la conciencia porque la conciencia no es la voz de mí mismo cuando es verdadera, de lo que yo siento o quiero sino la voz de Dios. La conciencia me saca del cerco de mí mismo y me hace salir al encuentro de la verdad. Si no se busca la verdad es que se ha silenciado la conciencia. Lo que en realidad se prentende decir con tal expresión es: yo actúo de acuerdo con lo que siento. Pero los sentimientos no son criterio de lo que está bien o está mal, son el eco de nuestros deseos por eso para el que actúa siempre son buenos. El que siente odio considera que ese odio está justificado, el que se siente atraído por una mujer casada considera que ese sentimiento está justificado aunque en ambos casos den lugar a acciones injustas. Para el hombre moderno el sentimiento se ha convertido en el único criterio para establecer lo que está bieny mal. Lo que uno siente eso es bueno. Pero los sentimientos son pura sicología o fisiología, pero no tienen que ver con lo que está bien o está mal. Si un sentimiento es bueno lo es no porque yo lo sienta sino porque está ligado a algo bueno en sí.
Otro tanto sucede con la expresión, cada uno que haga lo que quiera. Este razonamiento siempre lo acaba pagando alguien porque lo que uno quiere suele estar en conflicto con lo que se le debe a los demás, por ejemplo, respeto. Es tremendamente injusto porque no tenemos derecho a vivir a espaldas de lo que los demás son y necesitan. Pasar de la propia condición de ser moralmente responsable de los demás es el germen de toda violencia directa o indirecta.

martes, noviembre 21, 2006

Yo no hago daño a nadie

Cuando alguien dice eso se entiende que quiere decir daño material. Pero el daño material no es el único ni siquiera el más grave que podemos causar a los demás. Precisamente el dejar de actuar como seres morales, es decir, con responsabilidad moral es el peor de los daños que podemos infligir a los demás. Renunciar a lo que es específico de la condición humana supone una agresión para los restantes seres humanos, es una traición a la misma condición humana. El gran objetivo de la cultura contemporánea es que los hombres se despojen de su responsabilidad moral, acceder a algo así como una irresponsabilidad originaria, una supuesta inocencia moral. Pero esta fingida inocencia moral es lo inmoral por antonomasia. Que es una ficción lo pone de manifiesto el hecho de que los mismos que mantienen esta pretensión apelan a criterios morales cuando son ellos las víctimas de la inmoralidad. Las víctimas siempre comprenden la moralidad mejor que los verdugos, el problema es que padecemos una cultura de verdugos. La inocencia moral es la burbuja en la que se encierra nuestro egoísmo para abandonar al lucha por el bien moral de la que todo hombre es responsable junto con los demás hombres y para los demás hombres. Todos somos responsables de todos haciendo todo el bien que está en nuestras manos. Cuando la gente clama: ya está bien de moralismos, lo que quiere decir es ya es hora de egoísmos.

Más de Iglesia y ciencia

Para el hombre sumergido en una existencia materializada la religión no puede ser sino una superstición, algo irracional porque no cae bajo ninguna de las condiciones de su experiencia. El problema de la mentalidad cienteficista no es el exceso de ciencia sino el defecto de sabiduría. El cientificista es el hombre que no ha desplegado todo el poder de su razón y de su libertad, el que ha renunciado voluntariamente a la parte más grande y valiosa de su existencia. Se repliega dentro del límite donde su yo se siente seguro. Pero pierde de vista el ilimitado horizonte de la realidad. La condición necesaria para una existencia religiosa es una existencia plenamente humana, un despliegue total de la razón y la libertad que no sea impedido por el despotismo del yo. Quien no extiende el uso de su razón y su libertad más allá de los bienes y males materiales no está en condiciones de conocer la realidad, que es Dios. Para este hombre la religión sólo puede formar parte de los sentimientos, la psicología, etc. Cuando, por el contrario, el hombre no vive reducido a una razón materialista y a una libertad sentimentalizada, sino que su existencia comprende la totalidad de su inteligencia y su libertad, Dios no es un ser lejano sino la realidad de la existencia. Para negar a Dios habría que destruir la creación para borrar todas las pruebas porque todo lo que existe, la misma existencia es una prueba irrefutable de Dios.