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martes, julio 11, 2006

¿Puede estar equivocada tanta gente?

En ocasiones se oye: no puede estar equivocada tanta gente. Realmente no es que esté exactamente equivocada sino que su razón está secuestrada por su egoísmo. Es una razón semicegada. El egoísmo hace que la razón se quede con las preguntas penúltimas, las que tienen como centro el ego, son preguntas que nunca salen fuera del sujeto que pregunta. Las preguntas últimas, las que la razón ejerce cuando obra en libertad no versan sobre uno mismo sino sobre la realidad. Este girar en torno a sí mismo el sujeto da lugar a una sociedad desesperanzada. Esa razón secuestrada por el egoísmo no alcanza más allá de las emociones, se revuelve sobre un yo herméticamente cerrado. Puede racionalizar sus sentimientos, sus sensaciones, sus pasiones, etc, sin salir un milímetro de sí mismo, carece de la apertura propia de la razón que alcanza en libertad todo el universo de lo real. Mientras el hombre moderno no deje a su razón en libertad, liberada de su ego, no dispondrá de una sana racionalidad.
Este hombre moderno encerrado en sí mismo, dentro de las cuatro paredes de su yo ha llevado a la cima su pretensión egolátrica aceptando su finitud, aceptando los límites de su yo como algo positivo. El eslogan de la cultura contemporánea podría ser: Orgulloso de mis límites. Sólo desde esa cumbre de la soberbia la misma desesperanza puede ser asumida como algo positivo. Las manifestaciones culturales contemporáneas son un canto a los límites, a la muerte como horizonte. No hay más horizonte que el yo, y en ese estrecho hábitat el hombre moderno ha establecido su paraíso. Cuando el hombre rompe el angosto límite de su yo descubre con su razón un horizonte infinito en el que pierde la falsa seguridad del yo y adquiere la ilimitada confianza en la realidad, en Dios.
El egoísmo ha engendrado el pesimismo acerca de la realidad y el hombre se ha encerrado en sí mismo como último parapeto donde refugiarse del mal. Una vez perdida la confianza en la realidad y en Dios el hombre sólo cónfía en sí mismo. Encerrado en su yo se cree invulnerable al mal. El hombre debe perder el yo para perder el miedo al mal. El mal no tiene poder solo apariencia de poder.El mal es un engaño. Cuando confiamos en Dios se desvela el engaño. El Bien es poderoso, el mal solo es aparentemente poderoso. Creer en esa apariencia es lo que más daña al hombre. El aborto, la eutanasia, la esterilización, la anticoncepción, etc. son el fruto de esa seducción del mal. Cuando la cultura occidental se ha convencido de que el mal es lo definitivo es cuando ha dado esos pasos. Es una cultura sin esperanza, amedrentada por el mal. Es pesimismo acerca de la realidad, el veneno más dañino para el hombre. De la pérdida de la esperanza ha nacido la cultura de la muerte, la muerte es la única salvación dice el hombre contemporáneo ante el mal que nos amenaza. La única amenaza para el hombre contemporáneo es el dolor, el único bien el bienestar, la última tabla de salvación la muerte. Pero el mal es solo un espejismo en el horizonte de un Bien ilimitado, el Bien es lo definitivo. Solo hay que abrir los ojos cegados por el egoísmo.