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jueves, julio 20, 2006

Hago lo que me da la gana con mi vida

No existe algo así como mi vida. El hombre contemporáneo se asemeja a un niño caprichoso invitado a una magnífica fiesta, al encontrarse ante tantos bienes debería considerar que son un regalo que ha de agradecer al anfitrión, en lugar de eso los considera propios, como su derecho, se considera el dueño absoluto. Además resulta que el verdadero dueño no castiga su presunción y eso le hace sentirse más seguro de sí mismo, de su derecho. Por eso el hombre habla de mi vida porque no se siente deudor de nada ni de nadie. El hombre ha tomado el paraíso por la fuerza del orgullo, ha expulsado al propietario. y le ha puesto una demanda por abuso de poder. Pero es extremadamente injusto entrar en la fiesta de la vida y comportarse como si uno fuese el dueño de la fiesta. Sólo la presunción nos hace suponer que los bienes de la vida, empezando por la propia existencia, son una propiedad nuestra. De hecho todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, nos habla del Dueño de fiesta, lleva su marca de origen. Por tanto, no se trata de mi vida ni de mi fiesta sino de la vida y de la fiesta a la que el Otro me ha invitado.
Con el paso del tiempo cuando el dolor o la muerte se hacen presentes muchos se preguntan: ¿por qué?. Reprochan al dueño de la fiesta: Tú eres el culpable. Entonces el dueño de la fiesta en su infinita misericordia les tiene que explicar: No habías venido a la fiesta a vivir tu vida sino a servir a los demás en la fiesta de la vida, la auténtica fiesta para ti comienza cuando hayas aprendido a servir a los demás.
Otros atrapados en su presunción deciden asumir el final trágico de la fiesta con tal de no reconocer otro dueño de la fiesta.

lunes, julio 17, 2006

¿Sólo existe la materia?

En apariencia todo es materia porque nuestro modo de acceder a la realidad es a través de los sentidos, los externos y los internos, y los sentidos sólo nos ofrecen datos sensoriales, por tanto, materiales. Cuando una persona deja de usar su razón y su libertad vive exclusivamente de los sentidos entonces tiene la sensación de que no existe más que la materia. Todo su universo vital queda reducido a materia: las experiencias, las sensaciones, los sentimientos, etc., todo es materia. La cuestión no es que esa experiencia no sea real sino que no es toda la realidad. Sólo cuando empleamos la razón y la libertad accedemos a la realidad total. Es decir, sólo cuando ponemos en funcionamiento toda nuestra capacidad de conocer, de acceso a la realidad, sólo entonces tenemos un conocimiento pleno. El hombre moderno vive de sus sensaciones y de un uso meramente empírico de su razón por eso concluye que no existe más que la materia. La cuestión como casi siempre no es que no sea verdad su sensación sino que es incompleta porque le falta el resto de la realidad. El problema es que dan un alcance absoluto a lo que solo es parcial. La ideología consiste precisamente en convertir en absoluto algo que no lo es aunque ese algo en cuanto parcial sea verdad. En este sentido se puede decir que vivimos en una sociedad ideologizada.
Con todo incluso aquellos que reducen su existencia a una vida meramente material en su actuar trascienden lo material. Ningún ser humano se comporta como un simple animal. En su obrar el hombre materialista manifiesta que no solo es materia. Actúa de acuerdo con realidades totalmente inmateriales como la justicia, la igualdad, la fidelidad, etc. Entre el comportamiento humano y el comportamiento animal hay una diferencia absoluta incluso cuando el hombre pretende actuar como un animal. Siempre aflora la libertad humana signo de su espiritualidad. El animal puede ser fiero pero solo el hombre puede ser cruel. El comportamiento humano para bien o para mal excede siempre ampliamente la condición animal manifestación evidente de que constitutivamente es un ser espiritual. Ese más es la manifestación de esa realidad determinante y superior respecto a la materia que es el espíritu.

martes, julio 11, 2006

¿Puede estar equivocada tanta gente?

En ocasiones se oye: no puede estar equivocada tanta gente. Realmente no es que esté exactamente equivocada sino que su razón está secuestrada por su egoísmo. Es una razón semicegada. El egoísmo hace que la razón se quede con las preguntas penúltimas, las que tienen como centro el ego, son preguntas que nunca salen fuera del sujeto que pregunta. Las preguntas últimas, las que la razón ejerce cuando obra en libertad no versan sobre uno mismo sino sobre la realidad. Este girar en torno a sí mismo el sujeto da lugar a una sociedad desesperanzada. Esa razón secuestrada por el egoísmo no alcanza más allá de las emociones, se revuelve sobre un yo herméticamente cerrado. Puede racionalizar sus sentimientos, sus sensaciones, sus pasiones, etc, sin salir un milímetro de sí mismo, carece de la apertura propia de la razón que alcanza en libertad todo el universo de lo real. Mientras el hombre moderno no deje a su razón en libertad, liberada de su ego, no dispondrá de una sana racionalidad.
Este hombre moderno encerrado en sí mismo, dentro de las cuatro paredes de su yo ha llevado a la cima su pretensión egolátrica aceptando su finitud, aceptando los límites de su yo como algo positivo. El eslogan de la cultura contemporánea podría ser: Orgulloso de mis límites. Sólo desde esa cumbre de la soberbia la misma desesperanza puede ser asumida como algo positivo. Las manifestaciones culturales contemporáneas son un canto a los límites, a la muerte como horizonte. No hay más horizonte que el yo, y en ese estrecho hábitat el hombre moderno ha establecido su paraíso. Cuando el hombre rompe el angosto límite de su yo descubre con su razón un horizonte infinito en el que pierde la falsa seguridad del yo y adquiere la ilimitada confianza en la realidad, en Dios.
El egoísmo ha engendrado el pesimismo acerca de la realidad y el hombre se ha encerrado en sí mismo como último parapeto donde refugiarse del mal. Una vez perdida la confianza en la realidad y en Dios el hombre sólo cónfía en sí mismo. Encerrado en su yo se cree invulnerable al mal. El hombre debe perder el yo para perder el miedo al mal. El mal no tiene poder solo apariencia de poder.El mal es un engaño. Cuando confiamos en Dios se desvela el engaño. El Bien es poderoso, el mal solo es aparentemente poderoso. Creer en esa apariencia es lo que más daña al hombre. El aborto, la eutanasia, la esterilización, la anticoncepción, etc. son el fruto de esa seducción del mal. Cuando la cultura occidental se ha convencido de que el mal es lo definitivo es cuando ha dado esos pasos. Es una cultura sin esperanza, amedrentada por el mal. Es pesimismo acerca de la realidad, el veneno más dañino para el hombre. De la pérdida de la esperanza ha nacido la cultura de la muerte, la muerte es la única salvación dice el hombre contemporáneo ante el mal que nos amenaza. La única amenaza para el hombre contemporáneo es el dolor, el único bien el bienestar, la última tabla de salvación la muerte. Pero el mal es solo un espejismo en el horizonte de un Bien ilimitado, el Bien es lo definitivo. Solo hay que abrir los ojos cegados por el egoísmo.

¿Pasa la sociedad de la religión?

Solo aparentemente pasa la sociedad de la religión, en realidad, los hombres se inventan diosecillos, dioses a la medida de su yo, sucedáneos del Dios vivo. La diferencia entre un diosecillo y el Dios vivo es que el primero está hecho a la medida del hombre, desde la ideología a un amuleto, desde el sexo a la superstición, desde la fama hasta la violencia, un largo etcétera. El Dios vivo, sin embargo, no se deja reducir. De Dios se puede esperar que se humille hasta extremos impensables movido por el amor al hombre pero nunca falseará el Amor y la Verdad que Él es. Dios no puede negarse a Sí mismo. Puede llevar su Amor hasta el extremo pero no puede hacer trampas. Dios es amor sin mezcla de egoísmo. El hombre ha de dejarse guíar por el Amor hasta salir de sí mismo pero no puede alear ese Amor con ningún tipo de egoísmo. Dios puede liberarnos pero no puede negociar con nuestro egoísmo. Por eso para encontrarse con Dios es necesaria una confianza absoluta en Él. Lo exacto no es decir que el hombre pasa de Dios sino que se esconde de Él.
El hombre occidental opulento, en general, se aleja de toda forma organizada de religión. La razón es que no quiere demasiado dios. Prefiere un dios light, una religión a la carta.Un dios que no vaya mucho más allá de sus emociones, de sus gustos. Sus creencias siempre las mide por el rasero de sus apetencias. Este alejamiento es mayor respecto a la Iglesia católica pues así como puede mirar con simpatía otras religiones en cuanto que son caminos humanos hacia Dios y, por tanto, caminos hechos en medidas humanas, el cristianismo es un camino divino hecho enteramente por sobremedidas divinas que exigen del hombre una salida de sí mismo absoluta y una confianza en Dios absoluta. Quedar enteramente disponible ante el Dios vivo es un cheque en blanco difícil de firmar. Con un dios domesticado siempre se puede negociar en el Dios vivo hay que confiar enteramente. Debido a este carácter irreductible del Dios vivo el alejamiento de la Iglesia católica acaba siendo siempre violento material o ideológicamente y nunca indiferente. Se puede pasar de todo menos del Dios vivo. Con Él solo podemos combatir, la alternativa es con Él o contra Él.