Hago lo que me da la gana con mi vida
No existe algo así como mi vida. El hombre contemporáneo se asemeja a un niño caprichoso invitado a una magnífica fiesta, al encontrarse ante tantos bienes debería considerar que son un regalo que ha de agradecer al anfitrión, en lugar de eso los considera propios, como su derecho, se considera el dueño absoluto. Además resulta que el verdadero dueño no castiga su presunción y eso le hace sentirse más seguro de sí mismo, de su derecho. Por eso el hombre habla de mi vida porque no se siente deudor de nada ni de nadie. El hombre ha tomado el paraíso por la fuerza del orgullo, ha expulsado al propietario. y le ha puesto una demanda por abuso de poder. Pero es extremadamente injusto entrar en la fiesta de la vida y comportarse como si uno fuese el dueño de la fiesta. Sólo la presunción nos hace suponer que los bienes de la vida, empezando por la propia existencia, son una propiedad nuestra. De hecho todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, nos habla del Dueño de fiesta, lleva su marca de origen. Por tanto, no se trata de mi vida ni de mi fiesta sino de la vida y de la fiesta a la que el Otro me ha invitado.
Con el paso del tiempo cuando el dolor o la muerte se hacen presentes muchos se preguntan: ¿por qué?. Reprochan al dueño de la fiesta: Tú eres el culpable. Entonces el dueño de la fiesta en su infinita misericordia les tiene que explicar: No habías venido a la fiesta a vivir tu vida sino a servir a los demás en la fiesta de la vida, la auténtica fiesta para ti comienza cuando hayas aprendido a servir a los demás.
Otros atrapados en su presunción deciden asumir el final trágico de la fiesta con tal de no reconocer otro dueño de la fiesta.
