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domingo, junio 11, 2006

Recetas para no pensar

El peligro de las recetas afecta de un modo particular a la religión. Buen número de personas de buena voluntad no viven religiosamente porque tienen prejuicios contra la religión. Esos prejuicios suelen ser recetas manidas, algunas con siglos de solera, con las que se prentende dar razón de la propia falta de vida religiosa. Tantas veces tales prejuicios se vendrían abajo si se venciese la pereza y se pensasen detenidamente semejantes recetas.

No existe ningún argumento racional contra la religión. La religión es de suyo lo más racional, es por así decirlo, la cima de la racionalidad. Los argumentos que contra la religión se esgrimen podrían reducirse a malentendidos, tópicos, equívocos, leyendas negras, unilateralidades, prejuicios ideológicos, ignorancia, errores o maliciosas falsificaciones. Vivimos en el interior de una cultura que ha encerrado al hombre en un único pensamiento ideológico acrítico e irracional por eso comenzar a pensar, comenzar a sospechar que las respuestas dadas, que las recetas, no son la respuesta es ya haber empezado a saltarse la muralla, haber empezado a iluminar esa tiniebla que pretende oscurecerlo todo.

Esa tiniebla tiene un nombre concreto en nuestra época, se le puede llamar, en general, sensacionismo. La sensibilidad es el primer modo que tenemos de acercarnos a la realidad pero cuando la sensibilidad condiciona y bloquea el uso de la razón entonces el hombre queda al arbitrio de las sensaciones, el hombre ya no conoce la realidad como ella es sino como la siente, eso es el sensacionismo. Vivimos en una cultura eminentemente sensacionista, por ello, la mayoría de las recetas se saltan la racionalidad y apelan directamente a las sensaciones. Se precisa un ejercicio de sobriedad de la sensibilidad para que la razón pueda devolvernos a la realidad.