La virtud de la castidad integra la pasión sexual dentro del orden moral de la persona. La sexualidad es buena pero el desorden con el que se produce en el hombre no. Para que ese desorden se integre en la moralidad en la que consiste el bien de la persona es necesaria la virtud de la castidad. Quien no quiere enfrentar esa lucha en que se realiza la virtud de la castidad justifica su claudicación afirmando que ese desorden es bueno, o natural, como lo llaman. Pero quien se deja gobernar por la pasión se vuelve ciego para el bien moral.Tantos que se proclaman materialistas al cabo no son más que personas rendidas a la pasión.
El poder de la pasión se experimenta cuando uno se ha enfrentado a ella seriamente. Quien no se ha enfrentado a ella no la ve como un mal y, puesto que no lo ve como un mal, no lucha contra ella. Rendidos a la pasión ya no se advierte su maldad.
El primer paso para adquirir la virtud de la castidad es reconocer su bondad; el segundo es quererla. La consecuencia es pelear por adquirirla. Como en todas las batallas lo último que uno debe pensar es que es imposible la victoria. Cuando un fin ha de ser alcanzado necesariamente nunca se debe plantear si es posible o imposible. Es impresionante lo que podemos hacer cuando tenemos que hacerlo.